¿Y si mi percepción del amor es como una quimera? Algo tan inconcebible que solo existe en la memoria de los mitos, entre las hojas quebradizas de las leyendas. Un concepto tan ajeno a esta realidad mundana que provoca una risa absurda.
Y, sin embargo, es simple.
Muy simple: el amor, para mí, es la comunión de dos almas.
Una fusión alquímica de luces y sombras. Tan imperfectamente perfecta como una quimera.
Tal vez por eso nunca me han convencido las versiones cómodas del amor. Las que no exigen presencia, ni coraje, ni autenticidad. Yo no busco algo fácil de habitar, sino algo honesto que llamar hogar.
Una bestia parchada con los errores del pasado. Cosida con los hilos del arrepentimiento. Remendada con la voluntad del cambio.
Un animal extraño de sentimientos torpes, pero de voz tierna y mirada vulnerable.
Entra en mi vida con pasos vacilantes, si así lo deseas. Deja tras de ti el rastro viscoso de tus malas decisiones. No me voy a molestar. Pero entra. No te quedes en la puerta, cobijado por el frío indiferente de la costumbre.
Sé que entrar implica exponer lo que avergüenza, lo que tal vez no sepas nombrar. Supone aceptar que te miren con un velo de juicio, en lugar de comprensión. Pero también conlleva la posibilidad –rara y preciosa– de ser reconocido sin máscaras.
Adéntrate en la penumbra. Permite que te tome de la mano. Agárrala fuerte. Aférrate a ella cuando mostrar tus heridas duela demasiado. Pero no la sueltes. Porque haré lo mismo cuando te enseñe las mías.
Desnuda tus verdades.
Tus fallas.
Tus contradicciones.
Tus aflicciones.
Tus sueños.
Tus anhelos.
Tus inquietudes.
Tus aspiraciones.
Y cuando hayas terminado, por favor no te vayas. Ya vi tu alma. Acaricié sus bordes maltratados. Abracé sus imperfecciones.
Haz lo mismo con la mía.
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